Este edificio de 1952 se adhiere al estilo Internacional, y constituyó, en su momento, el segundo edificio de estructura autoportante con fachada de cristal en Nueva York
En uno de nuestros primeros artículos, hablábamos del arquitecto alemán Mies van der Rohe, y de una de sus construcciones más emblemáticas: la Casa Farnsworth, en las afueras de Chicago. Este mismo arquitecto firma, en el centro de Manhattan, el Seagram Building: otro edificio que constituye un ejemplo paradigmático del movimiento racionalista, del que van der Rohe fue propulsor. Y cruzando la calle, a apenas ochenta metros del Seagram Building, se encuentra el edificio del que vamos a hablar en esta ocasión: Lever House, de Natalie de Bois y Gordon Bunshaft.
A día de hoy, entre todos los rascacielos neoyorkinos, este edificio de oficinas pasa casi desapercibido. Se encuentra rodeado de construcciones igualmente imponentes, fachadas de cristal y torres de hasta ochenta y cinco plantas que hacen palidecer los noventa y cuatro metros de altura de Lever House. Pero su construcción, que terminó en 1952, supuso un antes y un después para la ciudad de Nueva York y para todas las ciudades corporativas alrededor del mundo.
El origen de la estética del mundo corporativo moderno
Cuando Natalie de Bois y Gordon Bunshaft diseñaron el edificio, el movimiento racionalista estaba a punto de alcanzar su cénit. Este movimiento proponía la funcionalidad sobre la estética, está vertebrado por el lema “menos es más”, y quería reflejar los avances en tecnología constructiva y la prosperidad económica de los países del bloque capitalista durante la Guerra Fría, que se podían permitir complicadas labores de ingeniería y materiales sublimados, como el vidrio templado o el acero estructural.
El movimiento racionalista, que dio a su vez lugar al Estilo Internacional (al que se adscriben los edificios mencionados), fue importado a Estados Unidos por arquitectos europeos como van der Rohe durante los años 30, y para los años 50 se había convertido en una seña de identidad norteamericana.
Ha sido este estilo el que ha definido lo que entendemos hoy como estética corporativa. Las características que tenemos hoy perfectamente asumidas como propias del mundo arquitectónico laboral, como las plantas rectangulares o cuadradas, los ángulos de 90 grados en las fachadas, las ventanas correderas dispuestas en parrillas o las formas cubiculares, encuentran su origen en edificios como Lever House.
Un rascacielos de cristal: la revolución de la estructura autoportante
De Bois y Bunshaft pusieron en práctica un concepto que a partir de la construcción de Lever House se popularizaría hasta convertirse en la norma: la estructura autoportante. Se trata de un sistema constructivo que es capaz de sostener su propio peso, sin necesitar elementos estructurales externos para mantenerse en pie.
Esta independencia estructural puede conseguirse gracias al uso de materiales que pesen poco y resistan tanto la propia carga del edificio, como la fuerza del viento sin colapsar ni deformarse excesivamente.
Lever House utiliza un tipo de estructura autoportante denominada muro cortina. El muro cortina de Lever House cuenta con montantes verticales de acero, que están conectados a las losas de los pisos del edificio. Cada par de montantes está separado por paneles de cristal, que no se pueden abrir, y que dan al edificio una continuidad visual que fue rompedora para la época: De Bois y Bunshaft habían conseguido revestir de cristal un edificio de veintiuna plantas que no se rompía con el viento.

Cortinas de cristal para difuminar la línea entre lo privado y lo público
Una de las señas de identidad de los edificios racionalistas son los bajos transitables. Es la propia fachada del edificio la que soporta el peso del mismo, y al estar toda la carga sobre la estructura de pilares de acero, los muros se pueden poner y quitar sin que eso afecte a la integridad estructural. Aprovechando esta característica, Lever House deja el espacio a nivel de calle transitable. Todo el edificio está elevado sobre sí mismo, y se puede, literalmente, caminar bajo él.
Y alrededor de este “hueco”, hay construido un patio interior, que está perimetrado por una galería hecha con cortinas de cristal, que aloja un restaurante, oficinas, y la entrada al propio edificio.
Una de las cuestiones que preocupaba a los arquitectos del Estilo Internacional era que el minimalismo e industrialismo de los nuevos edificios transmitiese una imagen excesivamente fría y despegada.
Para evitarlo, Lever House propone una solución ingeniosa: convertir la planta baja en un patio comunitario en el que se desdibuja el límite entre lo que hay dentro y fuera del edificio, gracias a la transparencia que otorgan las cortinas de cristal.
El edificio y su patio interior, que tiene la obligación legal de estar abierto al público al menos 364 días al año, se integraron de forma tan exitosa en la vida de la ciudad que fueron declarados monumento de la Ciudad de Nueva York en 1982, protegiendo así un patrimonio material que es testigo y agente creador de uno de los puntos de inflexión en la arquitectura del siglo XX.
